06 janeiro 2012

Clínica Monserrat



Estaba permitido
embriagamos con agua para olvidar
lo que no éramos,
porque al fin y al cabo
todo había perdido su sabor.

Eramos
seres expulsados del Edén del mundo,
para nosotros
no se hacía la luz,
atrás nos habían dejado
los paraísos.

Eran cruentas las despedidas
en la víspera de alguien
que se iba a soñar
que alguna vez abriría la puerta.

Todos nos dijimos
visitamos en un mundo mejor,
pero no cumplimos la promesa.

Ansiábamos entre los muros
un horizonte que no veíamos
como un anuncio que promete
una isla de mares cristalinos.

Esperábamos a nuestros doctores
amasando el pan del almuerzo
para fingirles
que aún existíamos.
En las horas más rancias
nos tomábamos de los brazos.

A veces se nos permitía
echarnos al sol
para no vernos.

Circulaban los libros,
Wayne Dyer, Buscaglia,
Cómo vivir la vida feliz,
La universidad de la vida
y otros.
Para los más sabios
la poesía era un lugar
donde orquestar su huida.

Hubo un hombre.
Me regaló a Laing y a Cooper
y aunque predicó allí la antisiquiatría
no sobrevivió a la burla
de los conjuros médicos.

—Pintor se decía—
traficó con droga y dinamita.
Propagó ofertas de matrimonio
que tenían como única garantía
algunos pésimos bocetos.
Entonces le mostré la psicopatía
en un poema del colombiano Asunción,
Saltó los muros.

Allí encontré
las mejores metáforas.

Mi amiga y yo hablábamos
de conciertos de perros en las noches,
de ladridos que creíamos
nos llamaban a nosotras.
Supimos que el delirio era
una forma de sostenernos
en los precipicios.

Orquestamos bailes
con músicas que no sonaban.

Salvo las horas de miedo
también era posible reír.
De las reuniones de quejas,
de la carne dura,
de falsos mormones
que profetizaban nuevos advenimientos.

También recé
a un Dios que no era el mío
cuando nos juntábamos a las siete
después de la cena.
Nos permitimos mezclar
la leyenda de Cristo
con la de David y Salomón,
porque cualquier cosa era buena
si se trataba de hallar
una esperanza en ese templo.

No creo que fueras mala.
clínica Monserrat,
sólo que tenías cosas buenas y malas.
Te olvidé cuando la libertad
se me reveló,
se posó como un estandarte,
como algo que ya no me desmerece
y me obliga
en un muro de ladrillos
frente a la ventana ahora abierta.

Desde entonces
Dios es alguien
que resurge de esos garabatos
para no saber
que aún hay seres
que en las madrugadas
maúllan al unísono
llamando a sus madres.


Martha Kornblith



Clínica Monserrat

Era permitido
Embriagarmo-nos com água para esquecer
o que não éramos
porque finalmente
tudo tinha perdido o seu sabor.

Éramos
Seres expulsos do Éden do mundo,
Para nós
não se fazia luz
tinham-nos deixado atrás
os paraísos.


Eram cruentas as despedidas
na véspera de alguém
que se punha a sonhar
que alguma vez abriria a porta.

Todos nos dissemos
atendemos  um mundo melhor
mas não cumprimos a promessa.

Ansiávamos entre os muros
um horizonte que não víamos
como um anúncio que promete
uma ilha de mares cristalinos.

Esperávamos os nossos médicos
amassando o pão do pequeno-almoço
para lhes fingir
que ainda existíamos.
Nas horas mais azedas
pegavam-nos pelos braços.

Às vezes permitiam-nos
que nos deitássemos ao sol
para não nos verem.

Circulavam livros,
Wayne Dyer, Buscaglia,
Como viver a vida feli,
A universidade da vida
e outros
Para os mais sábios
a poesia era um lugar
de onde orquestravam a fuga.

Houve um homem
Ofereceu-me Laing e Cooper
E embora predicasse ali a antipsiquiatria
Não sobreviveu à burla
Dos esconjuros médicos.


—Pintor dizia-se—
traficou droga e dinamite
Propagou ofertas de casamento
Que tinham como única garantia
Alguns péssimos esboços.
Então mostrei-lhe a psicopatia
Num poema do colombiano Asunción,
Saltou os muros.

Aí encontrei
as melhores metáforas.

A minha amiga e eu falávamos
de concertos de cães pela noite,
de latidos que julgávamos
que nos chamávamos.
Soubemos que o delírio era
Uma forma de nos mantermos
nos precipícios.

Orquestramos bailes
com músicas que não soavam.

Tirando as horas de medo
também era possível rir.
Das reuniões de queixas,
Da carne dura,
De falsos mórmones
Que profetizavam novos adventos.

Também rezei
a um Deus que não era o meu
quando nos juntávamos às Setembro
depois da ceia.
Permitimo-nos misturar
a lenda de Cristo
com a de David e Salomão,
porque qualquer coisa era boa
quando se tratava de encontrar
uma esperança nesse templo.

Não acho que fosses má
clínica Monserrat
apenas que tinhas coisas boas e más.
Esqueci-te quando a liberdade
se me revelou,
se posou como um estandarte,
como algo que já não me desmerece
e me obriga
num muro de latidos
diante da janela agora aberta.

Desde aí
Deus é alguém
que ressurge destas garatujas
para não saber
que ainda há seres
que pelas madrugadas
miam em uníssono
chamando pelas mães.

(trad: alberto augusto miranda)